
Las mujeres rurales se encargan de producir más de la mitad de los alimentos de todo el mundo y en general las mujeres productoras tienen más de 50 años (Ballara y Parada, 2009). Asimismo, “en Bolivia, Perú, Brasil, Ecuador y Paraguay más del 50% de las mujeres rurales económicamente activas trabajan en la agricultura” (Ruiz y Castro, 2011, p. 11), sin embargo, el acceso a la tierra para ellas es limitado, lo hacen mediante ocupaciones y arriendos. Cuando logran ser dueñas es gracias a herencias o debido a la ausencia de un hombre. Además los predios que llegan a ocupar suelen ser de extensión pequeña: no más de cinco hectáreas. (Ballara y Parada, 2009). Otra de las características, es la brecha salarial, en América Latina la diferencia es aún mayor en cuanto a mujeres rurales e indígenas, la desventaja no solo responde a la inequidad de género si no al hecho de que los ingresos por agricultura son los más bajos de todas las actividades económicas (Ballara y Parada, 2009).
En el Ecuador, las mujeres rurales representan el 49% de la población viviendo en una situación de desventaja en diferentes aspectos como trabajo, educación e incluso violencia. Las mujeres del área rural trabajan alrededor de 83 horas a la semana, mientras que las mujeres en la zona urbana trabajan en promedio 75 horas. Esto representa una diferencia de 8 horas (INEC, 2012). El escaso acceso a recursos y servicios, así como las actividades domésticas aumentan la carga y el tiempo de trabajo. Según la encuesta de empleo de junio de 2019, en Cuenca, que es el territorio donde se asienta esta investigación, el 16% de mujeres rurales son pobres mientras que en el área urbana la pobreza en las mujeres es de un 5% (INEC, 2019). En cuanto a educación, sólo el 13% de las mujeres rurales llega a terminar la secundaria y el 49,7% de mujeres de más de 65 años del área rural son analfabetas (INEC, 2012). En el Ecuador 6 de cada 10 mujeres sufren violencia, las mujeres del sector rural tienden a ser más vulnerables en este aspecto debido a la falta de educación (Camacho, 2014).
Las mujeres son más longevas que los hombres, de hecho, alrededor del 60% de adultos mayores de América Latina y el Caribe son mujeres (Ocampo, 2000). Si embargo, el hecho de vivir más tiempo no significa tener mejor estado de salud, al contrario, las mujeres tienen por lo general tienen más problemas de salud que los hombres (Aranibar, 2001). Las “mujeres arrastran las consecuencias de las deficiencias de alimentación y salud, los embarazos frecuentes, inoportunos o riesgosos, la violencia basada en el género y la discriminación —así como la falta de acceso a los recursos y de participación en la adopción de decisiones— que han sufrido en las etapas anteriores de su vida” (Trone, 2000, p.19).
Además, por lo general, las mujeres han tenido durante toda su vida trabajos por períodos cortos debido a la maternidad, a las actividades domésticas y a la discriminación por género (Guzmán, 2002). “En varios países (9 de 16 en zonas urbanas, y 7 de 10 en las rurales) el porcentaje de hombres de edad que reciben jubilaciones y pensiones duplica e incluso triplica el de las mujeres” (Aranibar, 2001, p.59). Eso ha hecho que lleguen a una adultez con condiciones adversas para ellas.