Perdí la mente

Fotografía de Andrés Yépez

 

Gabriela Ruiz Agila

@GabyRuizMx

 

Al quinto mes de embarazo, perdí la mente. O al menos, mi mente dejó de prestarle importancia al mundo exterior como solía hacerlo. Olvidé una olla con agua sobre la estufa hasta que se consumió y el olor del teflón rostizado me alertó. Ensayaba titulares de prensa: “Periodista muere en incendio. Periodista muere sola y embarazada”. En un restaurante, me levanté contenta de comer riquísimos manjares y olvidé la bolsa con billetera y celular en el asiento. Me di cuenta cuando llegué a casa y no tuve llaves para abrir la puerta.

Mi mente ya no era la misma. Mis pensamientos se ocupaban en comer rico y sano, en instaurar el tiempo de la cría. Dormir no podía. El dolor detrás de las caderas se fue intensificando con la presión de la ciática a medida de que pasé de pesar 49 k a 62 kilos. El corazón se esforzaba el doble por bombear sangre. Dejé de soñar, habilidad con la que también escribo. Mi cuerpo empezaba a concretar su inmensa entrega por otra vida. Y empecé a sentirme ausente de mi persona individual como si un torbellino hubiera entrado a la biblioteca de mi casa para lanzar todos los libros al aire. Lo que hasta entonces conocía y me había servido para vivir, se puso a prueba. ¿Conversar del asunto? ¿Con quién? ¿Por qué me costaba aceptar este proceso si esa panza crecía? ¿No era evidente que otras cosas cambiarían?

De cierta manera, sentí que asumirme embarazada –grandísima–, era incapacitante, como un peso con el que otros no querían lidiar o como si tuvieran que cargar contigo. Yo que hago un periodismo de a pie, tenía los pies tan hinchados. Tenía la paciencia al límite. Y aunque nunca sentí que debía elegir entre continuar ejerciendo el periodismo o dedicarme a ser “solo” mamá, la pérdida de la concentración y la angustia me llevaron a tomar decisiones. Entonces abandoné mi reportería de campo. Lloré. Porque es de las cosas que más disfruto hacer. Y poco a poco, un par de espacios donde escribía me cuestionaron por no asistir a reuniones o no colaborar como antes. Me preguntaba si la panza no era una respuesta obvia y en algún momento me vi explicando: ¿Será porque estoy pariendo? ¿Será porque estoy dando de lactar?

Gabriela Ruiz

Para lograr a término mi embarazo, debí separar-me de personas, espacios y hábitos que no aportaran al crecimiento en afecto y salud. Entré en una actitud de defensa de la vida. Va más allá de ceder el lugar en la fila del supermercado o el asiento en el autobús. La falta de empatía con las madres es cruel. Nos pueden ver llorando o cansadas y no se entiende que hay un ser humano existiendo en los límites de su fortaleza física y psíquica.

Mi estado mental durante el embarazo comprendió una máxima: “Todo lo que sientes tú, lo siente tu bebé”. Es una gran presión sobre nosotras que enfrentamos problemas y soledad por el propio proceso. Ansiedad. ¿Edad propicia para concebir hijos sanos? Ni hablar cuando se trata de una maternidad que desafía las convenciones sociales fuera del matrimonio o la familia estructurada. ¿Qué pasa cuando el embarazo es en contra de la voluntad de la mujer? Esta sociedad que nos santifica como madres pero no reconoce nuestros derechos a elegir sobre nuestros cuerpos. En cada momento de discriminación y abandono, se afianzó la idea de que la naturaleza de la maternidad es insurgente.

Tantas preguntas agobiaban mi cabeza: ¿Volvería alguna vez a poner en práctica mis habilidades como reportera de campo, pulidas a lo largo de años y experiencias? ¿Volvería a escribir? Las respuestas vendrían con el tiempo. Cuando nació Riri, en su primera semana de vida, sentí la angustia a la que le llaman depresión posparto. El reconocimiento de mi forma de estar y amar en el mundo, me permitió superarla. Pero entiendo que hay otras mujeres que continúan luchando contra ella, incluso años después del nacimiento del bebé. Recuerdo que esos días la prensa reportó un recién nacido envuelto en una camiseta de un equipo de fútbol barrial. ¿Qué debió sentir esa mamá para abandonar a su hijo?

Desde que decidí ser mamá y dio inicio el mayor proceso de transformación de mi cuerpo, la materia gris se incrementó en las áreas cerebrales que se ocupan del olfato, paladar, oído y visión para comer rico y sano. Cuando lo acepté, pude dedicarme a disfrutar del embarazo por completo y a la crianza. La naturaleza hizo lo suyo y me preparó para diferenciar el llanto de mi hija del de otros niños, y saber si llora por hambre o dolor. Adquirí súper poderes de mamá. Confío en mi cuerpo, confío en mi mente. Nos estamos dedicando a lo más importante y mi cerebro, descarta automáticamente, lo que no aporte al cuidado de la vida.

La mayor parte del tiempo me siento abstraída en la luna que me sonríe con la cara de mi bebé. Los estudios dicen que el cambio en la estructura neuronal de las madres dura al menos dos años a partir del embarazo. Llevo más de un año sorteando dificultades para aprender nuevas cosas. Estos son los primeros artículos que escribo poniendo un pie fuera del nido. Sigo olvidando cosas que me dijeron hace cinco minutos. Olvidaré también el dolor del parto. ¿Quién dijo que la maternidad son solo sonrisas y algodón de azúcar?

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Gabriela Ruiz
Investigadora en prensa, estudios migratorios y derechos humanos. Ha colaborado como articulista y cronista para diversos medios impresos y digitales del país. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo Eugenio Espejo; segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño; entre otros. Madame Ho en literatura.

 

 

 

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