Que no nos arrebaten la lucha

 Por Gabriela Ruiz Agila 
@GabyRuizMx

 

El 8 de marzo, Día Internacional de la mujer, no es otro día de la madre que celebrar. Sin embargo, es casi un ejercicio de sinergia entre ambos conceptos. Probablemente sea porque el trabajo doméstico para una mujer ecuatoriana inicia en promedio a los 12 años, edad en la que también la mayoría de nosotras tiene su menstruación por primera vez. Y con este hito biológico viene el reconocimiento del fin de la niñez y “el rol que nacimos para desempeñar como madres y esposas”.

Las mujeres de mi entorno se plantean si quieren ser madres o no. ¿Por qué se convierte en la gran pregunta de nuestras vidas? Encuentro respuestas en las condiciones de violencia históricas y estructurales que permiten el desecho de nuestros cuerpos en los basureros de Ciudad Juárez con impunidad; la criminalización del aborto que encarcela a niñas o las obliga a tener hijos de violadores; la indiferencia hacia Ruth Montenegro, madre de Valentina de 11 años, asesinada en su escuela sin respuestas del Estado desde 2016.

Hablar de ser mujer es plantearse la maternidad como un acto de voluntad y de derechos que se irrespetan sistemáticamente. Los datos del Sistema de Naciones Unidas en Ecuador señalan que la violencia de género afecta a 1 de cada 3 mujeres en el mundo, constituye la primera causa de muerte para mujeres de 15 a 44 años en la región y afecta a 6 de cada 10 mujeres en Ecuador.

“Puertas adentro” del hogar, en el lapso de una semana, las mujeres ecuatorianas trabajan un promedio de 77 horas en comparación a las 59 que un hombre trabaja. Según reveló el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), de esas 77 horas, la mujer dedica 31 horas a la semana al trabajo no remunerado mientras que el hombre solo 9 horas. Ocuparse de la crianza de los niños, adultos mayores y personas con capacidades diferentes, son tareas que se naturalizan como obligación de las mujeres. que trabajamos más y ganamos menos que los hombres; empleamos el tiempo libre en actividades de la cadena de cuidados que sostienen el sistema capitalista.

A finales de 2018, se debatía en la Asamblea ecuatoriana la despenalización del aborto en caso de violación. En 2013, la Asamblea debatió la reforma del Código Integral Penal que estaba vigente desde 1938. Ahí se permitía el aborto en dos circunstancias: cuando la vida de la madre corre grave peligro y cuando el embarazo es por causa de una violación a una mujer “demente” o “idiota”. Ojo, sólo pueden abortar las mujeres violentadas, dementes e idiotas. ¿Ha cambiado algo?

Actualmente hay más asambleístas mujeres ocupando curules y que no representan esta lucha de siglos, en discursos vaciados de ideología y conciencia histórica. Recordemos por ejemplo el legado de lideresas del movimiento feminista. Los tiempos de Dolores Cacuango y Nela Martínez eran combativos. Las obreras ecuatorianas se habían organizado en sindicatos como en otros países del mundo. Ellas estaban en las calles peleando por el acceso de mujeres a la educación, el reconocimiento al trabajo doméstico, reducción de la jornada laboral, la protección a la mujer embarazada (licencia de lactancia), y el voto femenino.

Como resultado de estos procesos de lucha y resistencia, en Ecuador fue en 1902 que se permitió el divorcio y en 1929, el voto femenino, Y con ello, el reconocimiento de nosotras como actores políticos. Es decir, pasar de ser consideradas un objeto histérico a un sujeto histórico digno de derechos y voz propia.

A ustedes les hablo, que saben lo que significa ser mujer y confrontar la violencia del patriarcado. Hay que subvertir el discurso y pasar de figurar en las leyes como dementes, idiotas, violentadas, encarceladas, silenciadas, asesinadas al pleno reconocimiento como personas jurídicas, con capacidad de decidir.

Hoy es 8 de marzo. Podemos salir a las calles a marchar, podemos sumarnos al paro, podemos memiar con humor las situaciones del cotidiano, podemos recibir rosas y piropos. Legitimar el patriarcado que premia el éxito, la belleza de cirugías, las familias estructuradas. Ardua tarea para quienes hacemos otro mundo posible. Me pierdo en un tumulto de voces que dicen acompañar, comprender, ser solidarios. Machismos encubiertos. Incoherencias. Cuestiono a las mujeres de mi generación: ¿qué tan cómodas están en casa dejando que nos arrebaten la lucha feminista?

 

 

 

Investigadora en prensa, estudios migratorios y derechos humanos. Hacolaborado como articulista y cronista para diversos medios impresosy digitales del país. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo EugenioEspejo; segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño; entre otros. Madame Ho en literatura.

 

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