La Partida

La Partida

Por Gabriela Ruiz Agila – @GabyRuizMx

—Te prometo que iré. 

Tres días me acomodé en una cama a retorcerme por el dolor de estómago. Había comido bien y barato. Arroz bañado en salsa de soya y aceite. Había viajado 33 horas en carretera. Esta fue la segunda vez que iba sin detenerme en un viaje desesperado. Mi hija está segura en casa. 

Las palmeras al borde de la carretera son oscuras y después, por la mañana dan sombra. Hay gente que sale a refrescarse y también a sacudir los granos de café que se secan sobre costales tendidos en el piso. Humedad. Smog. Nubes de humo. ¿Qué es una palmera?

Un hombre que levanta sus brazos en alabanza al cielo. Con el volumen ligero que tienen las alas de savia para dar sombra. De ellos, otros jóvenes descargan los frutos brillantes que con las manos se llevan a la boca. Su materia memorable. A sus pies, las acequias parecen venas oscuras y los charcos, ojos llenos de espejos habitados por los pájaros de este pequeño Edén.

Cultivos de plátano y tabaco. Plantaciones de arroz y una casa pequeñita de madera tan lejana una de la otra. Los portones se ennegrecen con la lluvia.

Un querido amigo y cronista me cuenta que los hombres de esta tierra creen que las palmeras son hembras. Y ellas paren. Hay tanto silencio. A mí me llena de escalofríos la feminidad silenciosa de este lugar. 

Antes de viajar leí en la prensa que un hombre invitó a la madre de su hija a pasear. Compró un carrito de bebé. Las condujo al puente sobre el río. Tomó de los pies a su hija y boca abajo, la dejó caer en el agua. La mató porque no quería pagar la pensión alimenticia. El río Babahoyo se tragó el gran llanto de una niña de 1 año y ahogó el grito de su mamá. 

Estoy junto al río. Me reúno con las mujeres. Mis narrativas son desde la periferia. Vine a contar un #8M desde #Quevedo y la lucha de los colectivos lésbicos. ¿Fue una aparición o siempre la niña de esa historia estuvo viajando conmigo?

Converso con las mujeres. Me dejo ser como soy: solitaria, amante, madre, terrícola, libre, la otra. Cabellos al aire. Sin sujetador de senos. Pero pido permiso para acompañar. Me convidan de su sonrisa y el sabor de su pequeño triunfo: Juntas por primera vez caminando en la calle.

También me cuenta Magdalena porque no llora: Violada por tres personas distintas. A los 3 años, A los 6 años. A los 17. Tres veces silenciada a lo largo de su vida. Otra vez, la niña. 

Hoy me escribió mi querida S. ¿Cómo estás?, me pregunta. Fui su maestra. Le pido:

—¡Cuídate mucho! Pero sobre todo, florece.

Durante 7 días he pensado en la ropita de bebé que necesitan los recién nacidos. No he dejado de escribir de una peste que viene de la oscuridad. Sueños extraños me muestran saliendo equívocamente de una puerta a otra. Sueños extraños me hacen hablar con fantasmas que cuando voltean la cara me dan noticias:

—Gabriela está embarazada.

Yo estuve antes en el lugar donde murió una persona. Yo estuve con las mujeres que vinieron de la selva y las que privaron de libertad. Yo tuve una hija. ¿Quiero otra hija? Ellas traen memoria. 

Vapores de la casa. Rumores de la cocina. Humor del cuerpo. Un presentimiento. Tú caminando abrazado de tus hijas que crecen como los cuatro vientos. 

Llevo desde el 17 de marzo acuartelada con mi pequeño ejército afectivo. Se tambalea un espejo. La mesa del comedor levita. Y nosotros somos cuerpos celestes. Los alimentos son bendecidos. La niña tiene la isla de música de la que me habla mi amigo Andrés Emilio en los cuentos que escribe para su pequeño hijo Matías. 

Llegan noticias. Muerte. ¿Dónde quieres estar? 

Un día entero dejo de dormir. Siento adentro el canto tan dolido. 

Hace 10 años lloraba en una carretera queriendo llegar al desierto. Me tomó 33 horas recorrer el país más transparente. Mi semilla ahora crece en el incendio de mi sangre. 

—¡Hija mía en este fuego! —reconóceme. Reconócete. 

Yo no soy una mujer pacífica. Haré lo mismo siempre. Tomaré el primer autobús, cargaré con mi propia guerra. Llevaré mi cuerpo donde está mi corazón. Está en un lugar del páramo cobijado por la luz y las nubes. No le pide permiso a nadie para amar o para atestiguar la ira y la esperanza de estos días. Por eso te prometí ir y aquí estoy.

08 de Marzo de 2020. De todas las apariciones del viaje, una niña con un globo dorado en forma de estrella. Junto al río que corre como el tiempo. Para quienes sufren el dolor que arrebata la niñez.

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Gabriela Ruiz Agila es investigadora en prensa, migración y derechos humanos. Cronista. Es conocida como Madame Ho en poesía. Premios: Primer lugar en Premio Nacional de Periodismo Eugenio Espejo [Ecuador, 2017]; segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño con Escrituras de Viaje [Ecuador, 2016]; primer lugar en Crónica del Cincuentenario organizado por la UABC con Relato de una foránea [México,2007].

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