La paternidad es un reto, una responsabilidad que cambia, se transforma y se adapta. Reconstruir nuevas paternidades es un acto de amor. En el Día del Padre queremos recordar las tardes de helado en el parque y los días de juego con el hombre que nos ve crecer; pero también les invitamos a conocer historias de padres migrantes que se mueven para buscar mejores días para sus hijas e hijos y la historia de un padre que destruye los esquemas clásicos de crianza. 


¿Cuál es tu mejor recuerdo con papá? ¿Cuáles son los nuevos retos de la paternidad? 

Déjanos tu comentario y sigamos con la conversación. 

Historias

19 de abril de 2014, el reloj marcaba alrededor de las 17:00 y todo estaba listo para recibir a Avril Rebecca. Ese día Israel conoció al amor de su vida, a la mujer que no volvería a soltar su mano.

Avril e Israel tienen los ojos cafés y el cabello un poco rizado. Ella tiene unas pestañas que “tocan las nubes”, Israel bromea con que las heredó de él. Cuando habla de Avril, se le pinta una amplia sonrisa en el rostro y se puede ver el brillo de sus ojos a través de sus lentes.

Israel se convirtió en papá a los 22 años, dice que cuando una hija es deseada se espera con mucha ilusión su llegada. Para recibirla tenían preparado, él y su expareja, el bolso con biberones y pañales, ya habían elegido la primera ropa que usaría.

La mamá de Avril tuvo complicaciones postparto y la recién nacida fue a casa con su papá. Israel salió del hospital con su bebé en brazos y el bolso que habían preparado para ella sobre el hombro. Durante la primera semana fueron solo los dos.

Para Israel la sociedad está llena de etiquetas que dictan que los papás deben ser un poco más fríos, menos emocionales, menos afectivos. Constructos sociales sobre masculinidad insensible. Pero la primera noche que tuvo a su hija para él solo, la describe como la noche más dura que ha tenido en su vida. La bebé no paraba de llorar y con el sentimiento de impotencia, de no querer fallar(le) terminaron llorando juntos. Él confiesa que no sabía qué hacer.  

Israel cuenta sobre esa primera noche con una mezcla de angustia y felicidad que se reflejan en las expresiones de su rostro: “Fue durísimo, pero fue lindo. Una de las experiencias más lindas que he tenido con mi guagua (…) después de un rato solo se calló, yo le abracé y nos quedamos dormidos y dije a tus pies me has de tener toda tu vida”. Siguieron un par de suspiros, descansaron hasta el día siguiente en el que Israel la llevó a ver a su mamá.

Esos primeros días con su bebé fueron el primer paso para afianzar la relación padre e hija que tiene hasta hoy con Avril. Fueron días complicados, pero Israel confiesa que pudo superarlos gracias a la crianza que tuvo en su casa, sin roles de género. Él creció con dos hermanas, “y a mí me enseñaban a lavar los platos, me enseñaban a cocinar. Aprendí que los papás no servían solo para dar la plata; sino que podían aportar de muchas otras formas. Yo sabía cambiar pañales, dar tetas, hacer dormir”. Esas experiencias desde temprana edad le ayudaron en el reto de paternar. 

La relación padre-hija

 
Israel y Avril

Dentro del sinfín de escalas en las que se encuentra inmersa la sociedad está el adultocentrismo que hace referencia al mundo creado por y para los adultos, en donde los niños no son escuchados. Israel con el afán de crear vínculos fuertes y cercanos le escucha a la Avril, pretende tener una paternidad comprensiva y lejana a la autoritaria. Busca ser un lugar seguro para su hija, donde ella sepa que no importa lo que diga no va a ser juzgada, busca su confianza, ser un papá guía. “Yo pienso que la paternidad es acompañar con mucha paciencia y mucho amor”. 

Una infancia feliz, una persona feliz, fuerte y decidida es lo que Israel desea para su hija. “Yo le enseñaría que se quiera mucho, primerito, que sepa que es una mujer muy valiente y que cuando le digo que es valiente no es porque no tenga miedos, sino porque ella se puede enfrentar a sus miedos. Le enseño que es una mujer maravillosa, que es una mujer increíble, fuerte. Le enseño que no es una princesa como tal; sino que es una guerrera”.  

Él intenta transmitirle fuerza, darle herramientas para enfrentar a la sociedad “que es fregada sobre todo para las mujeres. Todavía tenemos un patriarcado fuerte, un machismo latente”. 

Cuenta emocionado cómo es un sábado con Avril. Duermen juntos, aunque sabe que es tiempo de buscarle su propio espacio, se ríe mientras dice que como le ve poco eso es parte de compartir. Consciente de la importancia de generar espacios lúdicos y estrechar lazos, le lee un cuento antes de dormir. 

Parte de su proceso de ser padre guía es escuchar atentamente a su hija, conversar (que es lo primero que hacen al despertar), seguida de una sesión de cosquillas. Al levantarse el desayuno comúnmente son pancakes y ella decide la actividad del día. Israel la deja tomar decisiones, las actividades están entre salir al parque, ir a la piscina, salir a pasear; sin embargo, la pandemia ha dificultado sus salidas.

A la hora del almuerzo, si están en casa, Isra cocina para ella, “por lo general son sopas. Es la primera niña que conozco en mi vida que le encantan las sopas”, dice orgulloso. Llega el almuerzo, que está acompañado por juego, dibujar, pintar, ver la televisión. “Como es poco tiempo el que le veo no puedo dejar que se pase mal, por eso le pregunto: ¿Qué quieres hacer?, ¿qué no quieres hacer?”.

Israel está convencido de que para generar paternidades responsables e infancias felices “los niños tienen que venir queridos, tienen que venir deseados y los padres debemos asumir nuestras responsabilidades de padres”. 

“Ahora todo mi sur está en los ojos de ellas y la esperanza de que ellas puedan tener una vida linda, y para que eso suceda debo estar bien yo, tengo que ser una persona feliz”, dice Juan Carlos Astudillo, mejor conocido como Tuga.  

 Para Juan Carlos la paternidad ha significado cambios, un aprendizaje constante y consciente, además de una responsabilidad enorme. Él habla de manera serena y tranquila sobre sus dos niñas, el proceso de crecer, de ver no solo por él sino por ellas también, describe ese proceso como una responsabilidad grande, fuerte, pero hermosa.

Tuga cuenta que tuvo la fortuna de ser papá a sus 35 años, edad que le permitió disfrutar, acompañar, vivir y co-vivir la experiencia de ser padre desde el inicio mismo, desde el embarazo, y con la llegada de su primera hija los cambios no solo fueron en su rutina sino que en un estado más profundo, el instinto, el sentir “un amor que cobija” para con sus hijas.

 

Mientras hablamos, en el fondo se escuchan juegos, son sus niñas y menciona que está tranquilo en la entrevista, porque sabe que están con su mamá. Para él, ser padres es un algo conjunto, una misión que la lleva junto con su esposa, empezando desde ser instructores de yoga y compartirlo con sus hijas, esta es una de las prácticas que es eje fundamental no solo para él, sino para su esposa e hijas, porque al ser una algo cotidiano, sus niñas forman parte.

 

La paternidad activa, afectiva y comprometida es algo que poco a poco se instaura, en un contexto latinoamericano acostumbrado a tener padres ausentes, o poco afectivos, limitados en sus deberes y poco involucrados con sus hijos. Para Tuga “el amor tiene que expresarse nomás, no debería tener esos claustros que están dictados por la forma de sociedad en la que las generaciones anteriores nacieron”, el hecho de deshacerse de ciertas ideas pasadas ha logrado una cercanía afectiva no solo con sus hijas, sino en la relación con su propio padre. 

Según la SENAJU de Perú, es importante el impacto que tiene en los niños y niñas los padres afectivos porque por medio de ese vínculo se les enseña a expresar y a gestionar emociones, también se genera un diálogo abierto que crea un lazo de confianza que no solo se da en la relación padre-hijo/a, sino con su ambiente en general, de esa forma se genera seguridad en el niño/a. 

 Para Tuga la mejor forma en la que se puede brindar un niñez sana es empezando por el autoconocimiento y la sanación, partiendo desde lo individual para coexistir y convivir con sus niñas, enseñando desde el ejemplo el cómo se ve una relación sana, porque “podemos cambiar el mundo ahí, y es nuestra responsabilidad empezar por lo individual”.

José Grisales, o Mister como lo han conocido siempre, inclusive cuando vivía en su natal Líbano, Tolima, en Colombia, tiene ojos verdes, una voz algo ronca, ya no tiene cabello en la parte superior de la cabeza, pero alrededor tiene aún algunas canas que se degradan de gris a blanco. Le gusta mucho contar las historias de su vida, dice que así revive esos momentos en su mente. Tiene 57 años y cuatro hijos. Ama el café, los animales y los niños. 

A los 18 años fue padre por primera vez cuando nació Sandra, luego de cinco años tuvo su segundo hijo, Jhon. Después de nueve años nació Viviana, su tercera hija y a sus 44 llegó Franchesca. 

Siente que su rol de padre no fue logrado con Sandra por completo porque nunca existió una buena relación debido a la lejanía. Él decidió ingresar al ejército en cuanto se enteró que sería padre. Es algo de lo que se arrepiente hasta la actualidad y pese a que ha tratado de mejorar esto, no lo consiguió. 

Con Jhon y Vivi, como él le dice, todo fue diferente, su relación fue mucho mejor y se fortaleció luego de que su esposa falleciera. El quedarse como padre soltero con una niña y un adolescente y perder su empleo lo llevó a tomar la decisión de salir de su país. 

En 2005, junto a un amigo, emigró de Colombia para tratar de empezar su vida en Ecuador, al llegar y darse cuenta que la situación estaba mejor decidió que sus hijos debían estar junto a él.  “Ya no tenía paz, no tenía vida con ellos tan lejos”, pues su tía Luz los cuidaba, pero ellos siempre le decían que se sentían incómodos, dice Mister que su cuñada no era muy amorosa y eso chocaba con sus hijos porque estaban acostumbrados a otro ambiente. 

Recuerda que lo más difícil de haber llegado a un país sin conocer a muchas personas; era el hecho de vivir con tres hombres más, el tener que salir a trabajar junto con su hijo y dejar a Vivi sola en la casa. “Yo no estaba tranquilo hasta que llegaba a la casa y la veía bien”. Preocupación que disminuyó luego de un par de semanas cuando conoció a una familia que les permitió vivir con ellos y la madre de familia fue quien cuidó por más de tres años a Viviana.

 

“Nuevamente la historia se repite”, dice José refiriéndose a Franchesca y Sandra, ya que cuando la niña tenía ocho años sus padres se separaron. Luego de la separación Mister y Norma, la mamá de Franchesca, han tratado de llevar la relación de la mejor manera, teniendo custodia compartida,  Franchesca pasa los fines de semana en casa de su papá y entre semana con Norma. Dice José que está haciendo todo lo posible para ser un padre presente en la vida de la niña, siendo responsable, cariñoso, comprensivo y manteniendo un ambiente de paz alrededor de su última hija. 

Bajo el frío de la tarde, sentado en la vereda, junto a quienes considera la razón de su existir, sus dos pequeñas hijas, estaba Jonathan Mendoza. Trabaja cuidando carros cerca del estadio de la ciudad de Cuenca, para poder mantener a su familia de 4 integrantes.

 

 

Como miles de venezolanos, salió con su familia en busca de un futuro mejor para su esposa y sus hijas Isabel y Antonela de 5 y 3 años de edad. Llegaron caminando desde Rumichaca, después de una breve estadía por Colombia. “Sigo trabajando poco a poco para cumplir el sueño de mis niñas de ir a la playa y hacerlas subir en el bus de dos pisos”,  dice entusiasmado, pues a pesar de las adversidades ha hecho todo tipo de trabajos: ha vendido fundas de basura, cargado papas y frutas en la Feria Libre, ha limpiado casas junto a su esposa y ha cuidado carros en distintos sectores de la ciudad para poder pagar el arriendo de su pequeño departamento y dar de comer a su familia.

Una de sus hijas sufre de desnutrición; cuenta con pesar que carece de todas las posibilidades para su tratamiento.

La tarea de ser un padre migrante no es fácil para Jonathan, sin embargo, para él no hay mejor satisfacción que ver a sus hijas felices, pues a pesar de no poder entregarles todo lo que ellas piden, busca de todas maneras seguir observando la sonrisa de sus niñas.

 

Su discapacidad intelectual no le impidió hacer lo que más le gusta: deporte, pues compitió en carreras de atletismo y triatlón para la selección de Venezuela y eso espera hacer aquí en Ecuador para cuando la pandemia termine, pues él ve como otra fuente de ingresos para mantener a su familia.